5 abr. 2014

La técnica del zahorí

Interessant article i també els comentaris que genera.

 http://terraeantiqvae.com/profiles/blogs/la-t-cnica-del-zahor#.Uz_irFeY74w

"Desde la más remota antigüedad, cuando se precisaba abrir un pozo del que extraer agua, se acudía a una persona experta en ello, a la que se denominaba “zahorí”.
Se trata de una práctica rodeada por un cierto halo de misterio, así cómo de imaginativas connotaciones sobrenaturales que, desde un punto de vista científico, la han llevado a su total desprestigio".

Una leyenda

El zahorí del castro de Lerilla 

http://www.salamanca24horas.com/local/107630-el-zahori-del-castro-de-lerilla

Escrito por: Raúl Martín Domingo, 30 de Marzo de 2014
El zahorí del castro de Lerilla - salamanca24horas
"SALAMANCA24HORAS rescata del olvido nuevos relatos sobre los mitos, leyendas e historias prodigiosas de la tradición salmantina. Desde los albores de los tiempos, el ser humano ha tratado de ofrecer una coherente explicación a cada uno de los elementos que interfieren en este planeta llamado Tierra. Sin embargo, no siempre puede encontrar un motivo racional. Es ahí donde entra el folclore, impregnado de misticismo y fantasía, historias transmitidas en el serano, a la luz de la hipnotizadora lumbre


Los fraudulentos futurólogos de hoy eran los zahoríes de ayer en la búsqueda de tesoros, eso sí, previo pago. También llamados radioestesistas o buscadores de agua, eran personas que aseguraban detectar lo oculto o enterrado, no sólo el líquido elemento, sino también metales y objetos perdidos. Todo ello a través del continuo movimiento, supuestamente espontáneo, de dispositivos sostenidos por sus manos. En general, hacían uso habitualmente de una horquilla de árbol, preferentemente de avellano o sauce, pero también de un péndulo. Debían sostenerse con las dos manos hasta que su movimiento indicara la presencia buscada. Esta pseudociencia provocaba curiosas situaciones que con el tiempo derivaron en mitos transmitidos por vía oral.

Cuenta la leyenda que una vez llegó un forastero hasta lo que hoy es el término municipal de Zamarra, junto a la Sierra de Gata, con un viejo pergamino. Había escuchado hablar de un antiguo asentamiento, el castro de Lerilla, donde se escondía un tesoro que antiguas civilizaciones no pudieron llevarse a la otra vida. El pergamino contenía un mapa, pero era indescifrable. Al menos a los ojos de un desconocedor de la zona. Por eso preguntó por el más avezado rastreador y prometió pagar con una suculenta bolsa repleta de monedas a quien le ayudara en tan ardua empresa.

La noticia se expandió de boca en boca cual brisa arrastrada por el dio Eolo. Esa misma tarde en la taberna se daba cita medio centenar de pastores para mostrar sus conocimientos acerca de los parajes que los rodeaban. Sin embargo, de entre todos al forastero le llamó la atención un viejo harapiento con un extraño palo en forma de y. Jugaba con el madero como si no le importase lo que acontecía a su alrededor. El buscador del tesoro se acercó hasta él. Y el zahorí, levantando la mirada con parsimonia, habló poco pero rotunda: “Yo soy el único que puede ayudarte a encontrar lo que buscas”. Convencido por la firmeza de sus palabras, el forastero decidió contratar los servicios del harapiento.

Al alba, partieron hacia las riberas del Águeda pergamino en mano. El mapa indicaba que debían dirigirse hacia la desembocadura del arroyo Badillo sobre el río. Una vez allí, el zahorí prescindió del manuscrito, sacó su palo y comenzó el ritual. Vociferando ininteligibles fórmulas entre desacompasados aspavientos, fue avanzando sobre el terreno. De repente brincaba y corría despavorido. De repente se detenía, oscilando. Hasta que, sosteniendo con firmeza el palo, indicó un lugar. Era un antiguo castro, cuyos vestigios aún se mantenían en pie. Allí se encontraba el tesoro. Así que raudo, sin pensar en nada más, el forastero se aventuró a cavar. Confiaba ciegamente en la palabra del harapiento. Cavó, cavó y cavó. Pero la cantidad de tierra esparcida fue indirectamente proporcional  al éxito logrado. Así continuó  durante varias horas. El tiempo pasaba y no había rastro alguno del tesoro. 

Fatigado, el forastero decidió salir a la superficie para refrigerarse. El agujero era profundo, por lo que requirió la ayuda del zahorí. Pero su solicitud de auxilio no halló respuesta. Insistió en el llamamiento, pero el resultado fue el mismo. Nada. Sacando las pocas fuerzas que aún le quedaban, el buscador del tesoro logró salir del hoyo. Tras recuperar el resuello, no pudo dar crédito a lo que veía. El zahorí ya no estaba. Todas las pertenencias y el dinero del forastero, tampoco. Y entendió que había sido engañado, que todo era una burda representación para ser estafado y robado. Desengañado por lo acontecido, arrojó al pozo el pergamino que le condujo hasta allí y regresó por donde había venido, sin que jamás se volviera a saber de su existencia. Sin embargo, hay quienes aseguran que el mapa era correcto y el tesoro aún aguarda bajo el castro de Lerilla a ser algún día encontrado".

PRÒLEG DEL LLIBRE BRUIXOTS DE L'AIGUA

L’aigua és un bé indispensable per a la vida. Els humans fa tant de temps que cerquem l’aigua, que semblaria frívol parlar d’un origen remot fixat en un temps històric. Tot i amb això, hi ha qui parla de vuit mil·lennis enrere.

Catalunya és una terra aspra i costeruda, una terra que s’ha de treballar de valent perquè hi hagi collita, pedra a pedra, traginant el millor sòl per al cultiu. Els catalans de les pedres, en traiem pans.

La terra seca mediterrània on la pluja no sap ploure, on cada font és un tresor, on cada pou és una esperança, és terra de saurins. Un saurí és gent experimentada que sap veure allà on la gent normal no hi sap veure; que coneix els secrets de cada barranc i escorpitera, de cada coma i fondalada. Els saurins són gent de la terra que sap trobar l’aigua allà on s’amaga.

Al zuharí, l’il·luminat, aquell qui té el do de la vidència, de l’ocult. El saurí gaudeix d’una categoria liminar entre el que és d’aquest món i el que correspon a la dimensió de la màgia, una dimensió al límit entre la raó i la fe, entre allò que correspon als simples mortals i allò que és sagrat.

El saurí és —sovint un home— de la terra, gent del terme, proper i conegut per la gent de la comarca. Se’n coneix el llinatge —potser el do ja li ve de família o potser no— i, segons la seva eficàcia, se li reconeixen els mèrits i els dons.

En les ciències que estudien les cultures i les societats, la veracitat de l’existència de les coses no es limita als fenòmens demostrables, sinó que va més enllà. També compta allò que la gent creu.

Però, qui creu avui en un saurí? N’hi ha qui en dirà meravelles i n’hi haurà qui no hi creurà. Ara com abans, la gent creiem en coses. Avui també es conten llegendes i històries fantàstiques. Es tenen com a certes les notícies d’aparicions i les històries d’éssers fantàstics. Aquestes contalles s’estenen per les xarxes socials a una velocitat superior a com abans viatjaven els contes i els romanços de canya i cordill.

Avui hi ha qui creu en el canvi climàtic i hi ha qui no hi creu. Hi ha qui creu que la terra tremola més estranyament i sovint, i que el temps està boig. I cada cop n’hi ha menys que creuen en la fiabilitat de les ciències econòmiques. Potser haurà arribat a la fi el moment de fixar l’atenció en l’antropologia com a ciència crítica i comparativa?

Agafem, doncs, un branquilló d’avellaner i un càntir d’aigua fresca amb anís, i deixem-nos seduir per la lectura d’aquesta etnografia amb la vareta màgica a la mà.

Josep Fornés i Garcia, antropòleg i director
del Museu Etnològic de Barcelona