28 dic. 2014

Poemario "Rising Sun" (2013) de Miguel Ángel Galindo (Canarias)

SOBRE RISING SUN: LAS CONSTELACIONES DE UN RABDOMANTE


Un rabdomante cruza el desierto. En sus manos, extendidas, sostiene una rama de árbol que apunta hacia el suelo y que se bifurca justo en la zona donde sus manos la envuelven. La tensión de los brazos traspasa la piel y se prolonga en las ramas. De repente, una vibración viene en sentido contrario. Desde la tierra diríase que ha penetrado una onda en las ramas y, ahora, la siente el sujeto. Vibración terrestre que el rabdomante ha comprendido: aquí, bajo esta capa de polvo y piedras, yace un manantial de agua. El zahorí ha encontrado la fuente.
Esta breve descripción nos muestra el trabajo de radiestesia. Imagen que me evoca la actividad poética de Miguel Ángel Galindo. En efecto, en su obra, especialmente en la constelación formada por Frozen Dove Hotel (2000), La carne & los lirios (2007) y en el poemario que ahora nos ocupa, Rising Sun (2013), Galindo no ha cesado en la práctica de una búsqueda incesante de signos, de una constelación de signos que se ha ido abriendo y transformando, brindándonos los resultados alcanzados como orbes de originales características. Su obra asume así el riesgo, llevada a los límites del decir, en una evolución que no admite conformismo alguno. ¿Por qué me evoca la actividad de Miguel Ángel Galindo la tarea de un zahorí o un rabdomante? Pues porque en su obra encarna la entrega insubordinada siempre a la búsqueda; no se contenta con los logros alcanzados, sino que cada poema nos remite a una experiencia nueva, una indagación o exploración sobre el tejido del lenguaje. Para Galindo la poesía encarna una visión de lo imposible.
Rescatemos aquella idea que lanza al aire el semiólogo francés Roland Barthes en su primera obra, El grado cero de la escritura (1953), cuando sostiene que el lenguaje no es inocente, sino que tiene una memoria segunda que “se prolonga misteriosamente en medio de significaciones nuevas”, esto es, que perviven los recuerdos de modos enunciativos y hábitos pretéritos incluso cuando se plantean nuevas problemáticas del lenguaje literario. El lenguaje, como forma cultural y socialmente creada y asimilada, lleva en sí un depósito de hallazgos y de usos, estratos y láminas que se deben a la historia misma de la lengua. No pocos poetas han prefigurado y representado su actividad creativa bajo la efigie de Adán. La experiencia poética ansía ofrendar un instante único, de carácter virginal, mediante la consecución de la transparencia de los vocablos. El poeta adánico aspira a nombrar las cosas por primera vez aunque sabe que ya han sido nombradas y que, el instrumento mismo que usa para nombrar, la lengua, es un sistema de signos altamente codificado. De ahí que recurra al blanco espacial o al silencio. Muy al contrario, la  poética de Miguel Ángel Galindo queda definida por una aceptación de la contaminación histórica de la lengua. No se aspira a generar un vacío y plantar allí las palabras intocadas, sino a fundar sus poemas desde la memoria de la lengua en un ejercicio de sincretismo del que hablaremos más adelante.
Algunos zahoríes dan cuenta del descubrimiento de manantiales afirmando que son capaces de detectar líneas de flujo o gradientes magnéticos que emanan de la sustancia que buscan, del agua, por ejemplo. Galindo atraviesa el lenguaje con su brújula poética y descubre en el choque de las palabras esos gradientes o líneas de flujo que articulan epifanías. De ahí que aproveche la riqueza léxica de nuestro idioma para generar esas imágenes, además de las repercusiones fónicas que puedan gestarse. Imágenes insólitas (como cuando escribe que “Todos los televisores de la gran cordillera rompen la nube”) que articulan un continuo en muchas ocasiones próximo a las fórmulas y conjuros de un grimorio.

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